Rosalía de Castro (1837-1885)

Antes de escribir la primera página de mi libro, permítase a la mujer disculparse de lo que para muchos será un pecado inmenso e indigno de perdón, una falta que es preciso que se sincere. Bien pudiera, en verdad, citar aquí algunos textos de hombres celebres que, como el profundo Malebrache y nuestro sabio y venerado Feijóo, sostuvieron que la mujer era apta para el estudio de la ciencias, las artes y de la literatura. Posible me sería añadir que mujeres como madame Roland, cuyo genio fomentó y dirigió la revolución francesa en sus días de gloria; madame Staël, tan gran política como filósofa y poeta; Rosa Bonheur, la pintora de paisajes sin igual hasta ahora; Jorge Sand, la novelista profunda, la que está llamada a compartir la gloria de Balzac y Walter Scott; Santa Teresa de Jesús, ese espíritu ardiente cuya mirada penetró en los más intrincados laberintos de la teología mística; Safo, Catalina de Rusia, Juana de Arco, María Teresa, y tantas otras, cuyos nombres la historia, no mucho más imparcial que los hombres, registra en sus páginas, protestaron eternamente contra la vulgar idea de que la mujer sólo sirve para las labores domésticas y que aquella que, obedeciendo tal vez a una fuerza irresistible, se aparta de esa vida pacífica y se lanza a las revueltas ondas de los tumultos del mundo, es una mujer digna de execración general. No quiero decir que no, porque quizá la que esto escribe es de la misma opinión. Pasados aquellos tiempos en que se discutía formalmente si la mujer tenía alma y si podía pensar – ¿se escribieron acaso páginas más bellas y profundas, al frente de las obras de Rousseau que las de la autora de Lelia? – se nos permite ya optar a la corona de la inmortalidad y se nos hace el regalo de creer que podemos escribir algunos libros, porque hoy, nuevos Lázaros, hemos recogido estas migajas de libertad al pie de la mesa del rico, que se llama siglo XIX. Yo pudiera muy bien decir aquí cual fue el móvil que me obligó a publicar versos condenados desde el momento de nacer a la oscuridad a que voluntariamente los condena la persona que sólo los escribía para aliviar sus penas reales o imaginarias, pero no para que sobre ellos cayese la mirada de otro que no fuese su autora. No es éste, sin embargo, el lugar oportuno de hacer semejantes revelaciones. Al público le importaría muy poco el saberlo y por eso las callo. Pero como el objeto de este prólogo es sincerarme de mi atrevimiento al publicar este libro, diré, aunque es harto sabido de todos, que, dado el primer paso, los demás son hijos de él, porque esta senda de perdición se recorre muy pronto. Publicados mis primeros versos, la aparición de este libro era forzosa casi. La vanidad, ese pecado de la mujer, de que ciertamente no está muy exento el hombre, no entra aquí para nada: un libro más en el gran mar de las publicaciones actuales es como una gota de agua en el océano. El que tenga paciencia para llegar hasta el fin, el que haya seguido página por página este relato, concebido en un momento de tristeza y escrito al azar, sin tino, y sin pretensiones de ninguna clase, arrójelo lejos de sí y olvide entre otras cosas que su autor es una mujer. Porque todavía no les es permitido a las mujeres escribir lo que sienten y lo que saben.

La hija del mar. Madrid, Akal, 1986 (Págs. 15-17

“Las mujeres ponen en relieve hasta el más escondido de tus defectos y los hombres no cesan de decirte que una mujer de talento es una verdadera calamidad, que vale más casarse con la burra de Balaam y que sólo una tonta puede hacer la felicidad de un mortal varón. […] los hombres miran a las literatas peor que mirarían al diablo […] únicamente alguno de verdadero talento pudiera, estimándote en lo que vales, despreciar necias y aun erradas preocupaciones; pero… ¡ay de ti entonces!, ya nada de cuanto escribes es tuyo, se acabó tu numen, tu marido es el que escribe y tú la que firmas. […] ¿cómo creer que ella pueda escribir tales cosas? Una mujer a la que ven todos los días, a quien conocen desde niña, a quien han oído hablar, y no andaluz, sino lisa y llanamente como cualquiera. ¿Puede discurrir y escribir cosas que a ellos no se les han pasado nunca por las mentes, y eso que han estudiado y saben filosofía, leyes, retórica y poética, etc.? Imposible, no puede creerse a no ser que viniese Dios a decirlo. ¡Si siquiera hubiera nacido en Francia o en Madrid! ¿Pero aquí mismo?… ¡Oh!… “

Rosalía de Castro, Las literatas (fragmento)

“Pasados aquellos tiempos en que se discutía formalmente si la mujer tenía alma y si podía pensar […] se nos permite ya optar a la corona de la inmortalidad, y se nos hace el regalo de creer que podemos escribir algunos libros, porque hoy, nuevos Lázaros, hemos recogido estas migajas de libertad al pie de la mesa del rico, que se llama siglo XIX. […] Todavía no les es permitido a las mujeres escribir lo que sienten y lo que saben.”

Rosalía de Castro, La hija del mar

Duas palabras d’a autora

«¡Ay!, a tristeza, musa d’os nosos tempos, conóceme ben, e de moitos anos atrás; mírame como sua, é outra como eu, non me peixa un momento, n’inda cando quero falar de tantas cousas com’andan hoxe n’ò aire e n’ò noso corazón. ¡Tola de mini ¿N’ò aire, dixen?, n’ò meu corazón inda, mais ¿fora d 1él? Anqu’en verdade, ¿qué lle pasará á un que non sea como se pasas’en todo-l-os demáis? ¡En min y en todos!; ¡n’a miña alma e n’as alleas!… ¿Mais diráse por eso que me teño por un-ha inspirada, nin que penso haber feito o que se di un libro transcendental? Non, nin eu o quixen, nin me creo con forzas pra tanto. N’ò aire andan d’abondo as cousas graves, é certo; fácil é conocelas, e hastra falar d’elas; mais son muller, e âs mulleres, apenas s’a propia femenina franqueza ll’é permitido adiviñalas., sentilas pasar. Nòs somos arpa de soyo duas cordas, â ímaxinación y ô sentimiento; n’ò eterno panal que traballantos alá n’o íntimo, solasmente se da mel, máis ou menos doce, de máis ou menos puro olido, pero mel sempre, e nada máis que mel. Que s’os problemas que tên ocupados os máis grandes entendementos teñen algo que ver con nosco, è n’entramentras que os que comparten e levan á un-ha con nosoutras os traballos d a vida non poden ocultarnos de todo, as suas tristezas e os seus desfalecementosl É d’eles ver âs chagas e sondalas e buscarlles procuro, é noso axudarlles á soportalas, máis con feítos iñorados que con palabras e romores. O pensamento d’a muller é lixeiro; góstanos, com’âs borboletas, voar de rosa en rosa sobr’as cousas tamén lixeíras: n’é feíto para nos ó duro traballo d’a meditación. Cand’á él n’os entregamos, imprenámolo, sin sabelo siquera, d’a innata debilidade, e se n’os é fácil engañar .os espritos frívolos ou pouco acostumados, non soced’o mesmo c’os homes d’estudio e reflexión, que logo conocen que baixo d’a crara corrente d’a forma non s’atopa máis que ò limo insubstancial d’as vulgaridades. E n’os dominios d’a especulación como n’os d’o arte, nada máis inútil nin cruel d’o que o vulgar. D’él fuxo sempre con tod’as miñas for s, e por non caer en tan gran pecado nunca tentey pasar os limites d’a simple poesía, qu’encontr’as veces n’un-ha expresión feliz, n’un-ha idea afertunada, aquela cousa sin nome que vai direita como frecha, traspasa as nosas carnes, fainos estremecer, e resona n’a alma dorida coma un outro.»

Rosalía de Castro, «Duas palabras da autora», en Follas Novas

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[(…) «¡Ay!, la tristeza, musa de nuestros tiempos, bien me conoce, y desde hace muchos años; como suya me mira y, semejante a mí, no me deja un momento, ni aun cuando hablar quiero de tantas cosas como hoy están en el aire y en mi corazón. ¡Loca de mí! ¿En el aire dije? En mi corazón, quizá. Mas, ¿fuera de él? Aunque en verdad, ¿qué puede ocurrirle a uno sin que sea como si a los demás les sucediese? ¡En mí y en todos! ¡En mi alma y en las ajenas! Mas, ¿dirán por eso que me creo una inspirada, que creo haber compuesto un libro verdaderamente trascendental? No: ni yo lo quise ni me creo con fuerzas para tanto. Demasiadas cosas de gravedad, cierto es, están en el ambiente; fácil es conocerlas, hablar de ellas incluso; mas soy mujer, y a las mujeres, a la propia flaqueza femenina, apenas si les está permitido adivinar tales cosas, sentirlas pasar. Arpa somos de sólo dos cuerdas, la imaginación y el sentimiento; en el eterno panal que trabajamos, allá en lo íntimo, sólo miel se produce, más o menos dulce, de aroma más o menos puro, mas siempre miel y nada más que miel. Pues si los problemas que ocupan los más altos entendimientos tienen algo que ver con nosotras, es sólo en tanto que aquéllos con los que compartimos y llevamos juntamente los trabajos de la vida, no pueden enteramente ocultarnos sus desfallecimientos y tristezas. Propio de ellos es el ver las llagas y, sondeándolas, buscarles alivio; y propio de nosotras, el ayudarles a soportarlas, más con ignorados hechos que con palabras y rumores. El pensamiento de la mujer es ligero; por ello, como la mariposa, gustamos de volar de rosa en rosa, sobre las cosas más ligeras; pues no se hizo para nosotras el duro trabajo de la meditación. Y cuando a él nos entregamos, lo impregnamos, aun sin saberlo, de debilidad innata, y aunque nos sea fácil engañar a los espíritus frívolos o poco experimentados, no sucede lo mismo con los hombres de estudio y reflexión, que pronto advierten que bajo la clara corriente de la forma no se halla sino el limo insubstancial de la vulgaridad. Y en los dominios de la especulación, como en los del arte, nada más inútil ni cruel que lo vulgar. De ello huyo siempre con todas mis fuerzas, y por no caer en tan gran pecado nunca intenté rebasar los límites de la simple poesía, que encuentra a veces en una expresión feliz, en una idea afortunada, aquello que sin nombre, mas recto como flecha, traspasa nuestra carne y, haciéndonos estremecer, resuena en el alma dolorida como nuevo.» (…)]

Rosalía de Castro, «Dos palabras de la autora» (fragmento), en Hojas nuevas, traducción de Juan Barja (Madrid, Ediciones Akal, 1994)