«Son irrecuperables las primeras lecturas, puedes reconstruir y era tal el deseo de intrincarse el argumento de alguna de ellas, incluso página por página, pero la relación apasionada con aquellos personajes es lo que se ha roto para siempre; queda a lo sumo en lo más hondo, disimulada, acallada por métodos espúreos, mezclada en detritus de varias construcciones sucesivas, aquella sed por abarcar, por entregarse a la naturaleza y a la aventura, por alcanzar imposibles, conocida a través de esas ficciones; una sed que no apagaban los juegos ni las oraciones ni las caricias de mamá o la abuela. Las primeras novelas de amor que he leído en mi vida ha sido ahí tirada por el suelo en siestas de verano, con el libro en la alfombra, y aquel simple acomodo del cuerpo a la postura más propicia coincidía ya con el movimiento ávido de la mano que se adelantaba a buscar la página donde había quedado pendiente el episodio que había hecho galopar mis sueños la noche anterior y era tal el deseo de intrincarse por aquellos renglones apretados, de viajar, de volar a su través que todo en torno desaparecía. Hasta que un día me miró la abuela; era antes de la guerra, tendría yo ocho años, pero qué bien me acuerdo, levanté los ojos y comprendí que los suyos llevaban un buen rato espiándome; (…) “Pones cara de loca leyendo esas novelas”, dijo entonces la abuela; y en el momento en que me levanté bruscamente y me escapé a mi cuarto sin contestarle nada inauguré una separación que no iba a hacer en adelante más que acentuarse entre lo mío y lo de los demás. Leer, desde aquel día, se convirtió progresivamente para mí en tarea secreta y solitaria; no siempre podía aislarme, por supuesto, porque esos tomos grandes no nos los dejaban sacar del salón que es cuarto de paso, como verás, pero empecé a estar a la defensiva cuando leía aquí, con el oído alerta, preparada para ocultar mi embebimiento si me veía forzada en un momento dado a levantar los ojos para mirar a alguien, cambiar de mirada ¿comprendes?, aprendí entonces ese manejo que luego se nos ha hecho tan habitual como cambiar de noche en carretera las luces largas del coche por las cortas, es simplemente darle a una palanca, recuerdo que fue tirada ahí en la alfombra, hace más de treinta años ya, cuando me adiestré con delectación en esa posibilidad de transformar la luz de la mirada, automáticamente, al más leve rumor de amenaza cercando mi guarida.»
Retahílas (1974)
«Defiendo la alegría,
la precaria, amenazada,
difícil alegría,
al raso, limpia, en cueros,
mi ración de alegría.
(…)»
Mi ración de alegría, en Después de todo. Poesía a rachas (1993)
Usos amorosos de la posguerra española (1987)
Carmen Martín Gaite, Caperucita en Manhattan
(…) “Casi todas las tardes, a la caída del sol, la señora de la Quinta Blanca salía a dar un paseo hasta el faro. Nunca la acompañaba nadie. (…)»
Carmen Martín Gaite, La reina de las nieves (1994), (comienzo).
“Cuando yo era niña, recuerdo haberme sentido muy fascinada por un recurso literario común a varias de las historias de amor primeras que leí, (…)”
Carmen Martín Gaite, «Los malos espejos» (1972), en La búsqueda del interlocutor y otras búsquedas, p. 18.