Teresa de Jesús (1515-1582)

“Querría saber declarar con el favor de Dios la diferencia que hay de unión a arrobamiento o elevamiento o vuelo que llaman de espíritu o arrebatamiento, que todo es uno. Digo que estos diferentes nombres todo es una cosa, y también se llama éxtasis. Es grande la ventaja que hace a la unión. (…)

Es mayor y menor. De cuando es mayor quiero ahora decir, porque, aunque adelante diré de estos grandes ímpetus que me daban cuando me quiso el señor dar los arrobamientos, no tiene más que ver, a mi parecer, que una cosa muy corporal a una muy espiritual, y creo no lo encarezco mucho. Porque aquella pena parece, aunque la siente el alma, es en compañía del cuerpo; entrambos parece participan de ella, y no es con el extremo del desamparo que en ésta.

Para la cual como he dicho no somos parte, sino muchas veces a deshora viene un deseo que no sé cómo se mueve, y de este deseo, que penetra toda el alma en un punto, se comienza tanto a fatigar, que sube muy sobre sí y de todo lo criado, y pónela Dios tan desierta de todas las cosas, que por mucho que ella trabaje, ninguna que la acompañe le parece hay en la tierra, ni ella la querría, sino morir en aquella soledad. (…)

Digo que muchas veces me parecía me dejaba el cuerpo tan ligero, que toda la pesadumbre de él me quitaba, y algunas era tanto, que casi no entendía poner los pies en el suelo. Pues cuando está en el arrobamiento, el cuerpo queda como muerto, sin poder nada de sí muchas veces, y como le toma se queda: si en pie, si sentado, si las manos abiertas, si cerradas. Porque aunque pocas veces se pierde el sentido, algunas me ha acaecido a mí perderle del todo, pocas y poco rato. Mas lo ordinario es que se turba y aunque no puede hacer nada de sí cuanto a lo exterior, no deja de entender y oír como cosa de lejos.

No digo que entiende y oye cuando está en lo subido de él (digo subido, en los tiempos que se pierden las potencias, porque están muy unidas con Dios), que entonces no ve ni oye ni siente, a mi parecer; mas, como dije en la oración de unión pasada, este transformamiento del alma del todo en Dios dura poco; mas eso que dura, ninguna potencia se siente, ni sabe lo que pasa allí.

No debe ser para que se entienda mientras vivimos en la tierra, al menos no lo quiere Dios, que no debemos ser capaces para ello. Yo esto he visto por mí.”

Teresa de Jesús, Libro de la Vida

(…) “¿Pensáis, hijas mías, que es menester poco para tratar con el mundo y vivir en el mundo, y tratar negocios del mundo, y hacerse a la conversación del mundo, y ser en lo interior extrañas del mundo y estar como quien está en destierro, y, en fin, no ser mujeres sino ángeles? Si en lo interior no estáis fortalecidas en entender lo mucho que va en tenerlo todo debajo de los pies, por mucho que se quiera encubrir, se ha de dar señal. Así que no penséis es menester poco favor de Dios para esta gran batalla de la vida adonde nos meten, sino grandísimo (…)

Ya, hijas, habéis visto la gran empresa que pretendemos ganar; ¿qué tales habremos de ser para que en los ojos de Dios y del mundo no nos tengan por muy atrevidas? Está claro que hemos menester trabajar mucho, y ayuda mucho tener altos pensamientos, para que altas sean las obras (…) Ya sabéis que la primera piedra ha de ser buena conciencia y con todas vuestras fuerzas seguir en lo más perfecto. Parecerá esto que cualquier confesor lo sabe, y es engaño. A mí me acaeció tratar con uno cosas de conciencia que había leído y me hizo harto daño en cosas que me decía que no tenían importancia. Y sé que no pretendía engañarme, ni tenía para qué, sino que no sabía más, y con otros dos o tres confesores me acaeció lo mismo.

Este tener verdadera luz para guardar la ley de Dios con perfección, es todo nuestro bien; sin este cimiento fuerte todo el edificio va en falso. Y si personas como las que he dicho  no les dieren libertad para confesarse y tratar cosas de su alma, tómenla hermanas, sin confesión. Y atrévome a más, que aunque el confesor lo tenga todo, algunas veces hagan lo que digo. Porque puede ser que él se engañe y es bueno que no se engañen todas por él. Todo esto que digo corresponde a la prelada, y así le torno a pedir que pues aquí no se pretende otro consuelo que el del alma, procure en esto su consolación. Que hay diferentes caminos por donde lleva Dios y no por fuerza los sabrá todos un confesor. Y así pido por amor del Señor, al obispo que fuere, que deje a las hermanas esa libertad y que no se la quite, cuando las hermanas sean tales que tengan letras y la bondad que se requiere en un sitio tan chico como este.” (…)

Teresa de Jesús, Camino de perfección, III, Aguilar, 1945, ed. de Luis Santullano, p. 285 y ss.

“Prosigue en las grandes enfermedades que tuvo y la paciencia que el Señor le dio en ellas, y cómo saca de los males bienes, sigún  se verá en una cosa que le acaeció en este lugar que se fue a curar

1. Olvidé de decir cómo en el año del noviciado pasé grandes desasosiegos con cosas que en sí tenían poco tomo, mas culpávanme sin tener culpa hastas veces. Yo lo llevava con harta pena y imperfección, aunque con el gran contento que tenía de ser monja todo  lo pasava. Como  me vían procurar soledad y me vían llorar por mis pecados algunas veces, pensa­ van era descontento·, y ansí lo decían.

Era aficionada a todas las cosas de relisión, mas no a sufrir ninguna que pareciese menosprecio. Holgávame de ser estimada. Era curiosa en cuanto hacía. Todo  me parecía virtud, aunque esto no me será disculpa; porque para todo sabía lo que era procurar mi contento,y ansí la ignorancia no quita la culpa. Alguna tiene no estar fundado el monasterio en mucha perfeción; yo, como ruin, ívame a lo que vía falta y dejava lo bueno.

2. Estava una monja entonces enferma de grandísima enfermedad y muy penosa, porque eran unas bocas en el vientre que se le havian hecho de opilaciones, por donde echava lo que comía. Murió presto de ello. Yo vía a todas temer aquel mal, a mí hacíame gran envidia su paciencia; pe­ día a Dios  que, dándomela ansí a mí, me diese las enfermedades que fuese servido. Ninguna me parece temía, porque  estava tan puesta en ganar bienes eternos, que por cualquier medio me determinava a ganar­ los. Y espántome, porque  aun  no tenía, a mi parecer, amor  de Dios, como después que comencé a tener oración me parecía a mí le he teni­do, sino una luz de parecerme todo de poca estima lo que se acaba y de mucho precio los bienes que se pueden ganar con ello, pues son eternos.

También  me oyó en esto Su Majestad, que antes de dos años estava tal que, aunque no el mal de aquella suerte, creo no fue menos penoso y travajoso el que tres años tuve, como ahora diré.

3. Venido el tiempo que estava aguardando en el lugar que digo que estava con mi hermana para curarme, lleváronme con harto cuidado de mi re­galo mi padre y hermana, y aquella monja  mi amiga que havía salido conmigo, que era muy mucho lo que me quería.”

Teresa de Jesús, Libro de la Vida