Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873)

(…) “Carlos, que se hallaba siempre presente en las lecturas y conversaciones de las dos amigas, admiraba cada día más el universal talento de Catalina, su vasta erudición. Como él, ella poseía también varios idiomas, podía valorar todo el mérito que encerraban aquellas bellas e improvisadas traducciones que solía hacer de los poetas extranjeros, sin dar a este trabajo difícil y arduo la menor importancia. No menos le encantaba oírla recitar los más bellos versos de los grandes poetas franceses y españoles con exquisita sensibilidad y comprensión, y cuando discutía con ella sobre el mérito de unos y otros, sorprendíase siempre de la rapidez de su análisis y de la justicia y exactitud de sus decisiones. Reunía la condesa a la ardiente y poética imaginación toda la sagacidad y finura. Analizaba como filósofo y como poeta, tenían sus pensamientos el vigor y la independencia de un hombre, y expresábalos con todo el encanto de la fantasía de una mujer, y aun con un poco de su amable versatilidad. Estaba, en fin, cada día más cautivado por la amenidad del trato de la condesa, y formaba un juicio más ventajoso de su corazón a medida que creía conocerla mejor. No salía apenas de casa de Elvira: levantábase temprano y esperaba con vivísima impaciencia a Catalina. Cada coche hacía palpitar su corazón, y cuando por fin se presentaba la condesa Carlos se admiraba de la alegría que su sola vista le causaba. Junto a ella hallábase ebrio en cierto modo. Junto a ella sólo podía admirarla, aplaudirla, gozar ávidamente de los momentos de dicha que su talento y su dulzura le proporcionaban, y felicitarse a sí mismo de poseer la amistad de una mujer tan distinguida y amable. Pero en el momento en que se marchaba Catalina se encontraba agitado y descontento. No podía pensar en ella sin una especie de dolorosa desconfianza, temía examinar aquella misma felicidad que gozaba junto a ella, y, aunque impaciente por volver a verla, sentía una especie de zozobra, que se aumentaba a medida que el momento en que debía llegar se aproximaba. Sin embargo, no se le había pasado por el pensamiento al esposo de Luisa la más leve sospecha de estar enamorado. El sentimiento que le inspiraba la condesa no era ni podía ser amor: así por lo menos lo creía Carlos (…) Por lo que hace a Catalina, sorprendíase muchas veces junto a él embebida en contemplar sus grandes ojos negros de mirada ardiente, y su frente tan noble como la del Adán de Milton. Cuando él hablaba ella contenía su respiración y le oía con un interés que no procuraba ocultar. Su talento y su timidez, y su orgullo, su ignorancia de la vida y del mundo, y su perfecto conocimiento de sus deberes, la natural bondad de su corazón y la severidad de sus principios. En fin, el encanto nunca agotado que ella encontraba en estudiar aquella alma activa y aquella cabeza meridional, todavía jóvenes y poderosas, siempre empero dominadas por una enérgica voluntad… Cada día se hallaba más preocupada, a cada momento pasado junto a él aumentaba la impresión vivísima y profunda que causaba en su corazón.” (…)

Gertrudis Gómez de Avellaneda, Dos mujeres (1842-1843), vol. II, acto XII.

Mi padrastro se había manejado bien con nosotros hasta entonces: entonces se desenmascaró. Estaba en su país y con su familia, nosotros lo habíamos abandonado  todo. Su alma mezquina abusó de estas ventajas.

No molestaré a V. con detalles enojosos de nuestra situación doméstica; bástele saber que no hubo pesares y humillaciones, que yo no devorase en secreto. Mamá  era muy infeliz, y yo carecía de fuerzas para sufrir sus pesares, aunque  llevaba los míos con constancia. Manuel  tuvo pre­ cisión de marcharse  al extranjero; tan comprometido se vio por mi padrastro. ¡Oh! sería nunca acabar, si quisiera contar por menor las ridiculeces, tiranías y bajezas de aquel hombre, que yo debo y quiero respetar todavía como marido de mi madre. Dios lo sabe, y será algún día juez de ambos.

En  aquella situación  doméstica  tan desagradable  conocí a Ricafort y fui amada de él: también yo le amé desde el primer día, que le conocí. Pocos corazones existirán tan hermosos como el suyo; noble, sensible, desinteresado, lleno  de honor y delicadeza. Su  talento no correspondía a su corazón: era  muy inferior por desgracia mía. Conocí  pronto  esta desventaja: aunque  generoso Ricafort parecía humillado de la superioridad que me atribuía: sus ideas y sus inclinaciones  contrariaban siempre las mías. No gustaba de mi afición al estudio y era para él un delito que hiciese versos. Mis  ideas sobre  muchas cosas le daban  pena e inquietud. Temblaba  de la opinión  y decíame muchas veces: -¿Qué lograrás cuando consigas crédito literario y reputación de ingenio? Atraerte la envidia y suscitar calumnias y murmuraciones-. Tenía razón, pero me helaba aquella fría razón.

Aunque mostraba de mi corazón el concepto más elevado y ventajoso, no se me ocultaba que le desagradaba mi carácter, y me repetía que este carácter mío le haría y me haría a mí misma desgraciada. Yo me esforzaba en reprimirlo y sofocaba mis inclinaciones por darle gusto; pero esta continuada violencia me entristecía, y notándolo él se convencía de que no podría nunca hacerme dichosa. Sin embargo de todo esto, nos amábamos más cada día.

Mis pesares domésticos llegaron a afectarme tanto, que necesité des­ahogar mi pecho y se los comuniqué: ¡nunca olvidaré aquel momento!¡Yo vi sus ojos arrasados de lágrimas!

Gertrudis Gómez de Avellaneda, Por la noche