Emilia Pardo Bazán (1851-1921)

(…) “Quedose en medio del zaguán la insigne Tribuna, sola, rezagada, vencida, llena de cólera ante tan vergonzosa dispersión de sus ejércitos. Para mostrar que ella no temía ni se fugaba, fue saliendo a pasos lentos y llegó al patio en ocasión que la guardia, aprovechándose de la ventaja fácilmente adquirida, expulsaba a las últimas revolucionarias, sin mostrar gran enojo. Por galantería, el soldado del fusil administró a Amparo un blando culatazo, diciéndole «Ea… afuera…». La Tribuna se volvió, mirole con regia dignidad ofendida, y sacando el pito, silbó al soldado. Después cruzó la puerta que se le cerró en las mismas espaldas con gran estrépito de gonces y cerrojos.

Al verse fuera ya, miró asombrada en torno suyo y halló que una gran multitud rodeaba el edificio por todos lados. No sólo las que estaban dentro, sino otras muchas que habían ido llegando, formaban un cordón amenazador en torno de los viejos muros de la Granera. La Tribuna, viendo y oyendo que sus dispersas huestes se rehacían, comenzó a animarlas y a exhortarlas, a fin de que no sufriesen otra vez tan humillante derrota. Ya las que habían sido arrojadas por los soldados, al contacto de la resuelta muchedumbre, recobraron los ánimos decaídos, y enseñaban el puño a la muralla profiriendo invectivas.

Hicieron ruidosa ovación a su capitana que empezó a recorrer las filas calentando a las que aún tenían recelo o no estaban dispuestas a gritar. Y eligiendo dos o tres de las más animosas, les mandó que arrancasen una de las desiguales y vacilantes piedras de la calzada, que se movían como dientes de viejo en sus alveolos, y, alzándola lo mejor posible, la condujesen ante la puerta que les acababan de cerrar en sus mismas narices. Brotó de entre los espectadores un clamoreo al ver ejecutar esta operación con tino y rapidez y oír retemblar las hojas de la puerta cuando la lápida cayó contra el quicio.

-Hacen barricadas -exclamó una cigarrera que recordaba los tiempos de la Milicia Nacional.

-Borricadas, borricadas -exclamaba una maestra-, nos va a costar caro todo este barullo.

El propósito de las desempedradoras no era ciertamente hacer barricadas, sino otra cosa más sencilla: o bien echar abajo la puerta a puros cantazos, o bien elevar delante un montón de piedras por el cual se pudiese practicar el escalamiento. En su imprevisión estratégica olvidaban que del otro lado, al extremo del callejón del Sol, existía un portillo, un lado débil, sobre el cual debería cargar el empuje del ataque. No estaba la generala en jefe para tales cálculos: cegada por la rabia, Amparo no pensaba sino en atravesar otra vez la misma puerta por donde la habían expulsado -¡oh rubor!- cuatro soldados y un cabo. Así es que arrancada ya, casi con las uñas, la primer baldosa, se procedió a desencajar la segunda.” (…)

Emilia Pardo Bazán, La Tribuna (1892), cap. XXXIV

Una opinión sobre la mujer

“En algunos periódicos he leído días atrás quejas de que aquí no se presta atención al movimiento científico; de que las especulaciones de nuestros pensadores caen en el vacío, y no hallan eco, sino silencio. No soy yo quien puede remediar este daño, si tal daño existe; y quizá, aunque estuviese en mis medios coadyuvar a remediarlo, no estaría en mi voluntad, porque en las contadas materias en que no soy absolutamente profana, me causa tristeza la dirección y carácter de ese movimiento científico, y prefiero ignorarlo.

Verbigracia: yo he procurado saber lo que se piensa en Europa respecto a los problemas que entraña la educación y condición social, jurídica, política y económica de la mujer. Pues bien: cada opinión española que leo me deja fría, causándome un desaliento infecundo y amargo. Si en este punto concreto, del cual tengo algunas noticias, advierto tal deficiencia de seriedad y de información, y de esa noble sed de verdad que caracteriza al indagador científico, ¿no sucederá otro tanto en las materias que totalmente desconozco? ¿A qué perder tiempo en estrujar un limón sin zumo?

Es la llamada cuestión de la mujer acaso la más seria entre las que hoy se agitan. No porque haya de costar arroyos de sangre, como parece que va a costar la social (con la cual está íntimamente enlazada); sino, al contrario, porque, teniendo soluciones mucho más prácticas y de más fácil planteamiento, aunque hoy aparezca latente, vendrá por la suave fuerza de la razón a imponerse a los legisladores y estadistas de mañana, y parecerá tan clara y sencilla (no obstante sus trascendentales consecuencias) como ahora se les figura de intrincada y pavorosa a los cerebros débiles y a las inteligencias petrificadas por la tradición del absurdo.

Y cuenta que, en esto de la tradición del absurdo, no me refiero a los partidarios de determinadas ideas políticas ni religiosas. Punto es el de la situación de la mujer en que coinciden y se dan la mano racionalistas y neo-católicos, carlistas y republicanos federales. A éste sí que le llamaría Feijoo error común: lo es hoy en España casi tanto, y no sé si diga más en cierto respecto, que cuando el insigne benedictino escribió su Defensa de las mujeres.

Nuevo teatro crítico