Concepción Arenal (1820-1893)

[…] Es preciso ver cómo viven las mujeres que no tienen más recursos que su trabajo: es preciso seguirlas paso a paso por aquel via crucis tan largo, luchando de día y de noche con la miseria, dando un adiós eterno a todo goce, a toda satisfacción, encerrándose con su destino como con una fiera que quiere su vida, y que la tiene al fin, porque la enfermedad acude y la muerte prematura llega. ¿Cómo no ha de llegar, llamada por la pestilente atmósfera de la reducida habitación, por la humedad y el frío intenso y el excesivo calor, y la comida mala y escasa, y el trabajo continuo que no basta para libertar de la miseria a los seres queridos y tantas penas del alma y tantas lágrimas de los tristes ojos a los que no trae alegría el sol al salir, ni promete descanso la campana que toca la oración de la tarde? Quien ve estas existencias y las comprende y las siente se admira de que no sea mayor el número de las prostitutas, de las suicidas, de las criminales, y cree en Dios y en su conciencia que debe pedir educación para la mujer, que debe reclamar para ella el derecho al trabajo, no en el sentido absurdo de que el Estado esté obligado a darle, sino partiendo del principio equitativo de que la sociedad no puede en justicia prohibir el ejercicio honrado de sus facultades a la mitad del género humano.

Y aunque no giman luchando con los horrores de la miserias y aunque no se vean unidas a un hombre que no aman o que les es antipático y aunque no se atropelle su derecho y no se menoscabe su hacienda, ¡cuántos sin­sabores y cuánto tedio acibaran la vida de la mujer por su mala educación!

Falta de autoridad en las cosas que no son de su competencia, es decir, en todo lo que no se refiere a los cuidados domésticos; ve extraviarse el esposo o el hijo, lo siente con su instinto o lo percibe con su natural razón, y se esfuerza para apartarlos del mal camino: pero se esfuerza en vano, por­ que le imponen silencio con un:

-¿Qué entendéis las mujeres de esto?

Y es preciso callar hasta que llore los males que había previsto y que su falta de prestigio no pudo evitar. Harto frecuente es ver que los hombres cometen los desaciertos y las mujeres sufren sus consecuencias: que la que el día del consejo no fue escuchada, el día de la desventura tenga la primera voz para la resignación, y el consuelo y el sacrificio.

La mujer del porvenir. Capítulo V: Consecuencias para la mujer de su falta de educación